Cerró suavemente la puerta de la habitación, sin hacer ningún ruido, sin perturbar el descanso de la persona que dormía sobre la cama. Con lentos y sigilosos pasos se acercó hasta el lecho protegido por finas y transparentes sedas blancas, velando por la seguridad de su ocupante. Las apartó a un lado, contemplado enternecido el rostro de aquella hermosa mujer. Sin siquiera darse cuenta, sus dedos rozaron sus cabellos de plata, apartándolos de su rostro con cariño. Su rostro se contrajo en una pequeña mueca, y la mujer abrió los ojos cansada, vislumbrando algo borroso a su acompañante. Una sensual sonrisa curvó sus labios, y los alargados y esbeltos brazos rodearon el cuello de aquel muchacho.
Él, inclinándose cuidadosamente sobre ella para no molestarla, susurró junto a sus labios un casi inaudible “hola…”, instantes antes de besarla con suavidad, casi con miedo a molestarla. Una de sus manos viajó imperceptiblemente bajo la algo desabotonada camisa de la mujer, que dejaba entrever el nacimiento de su pecho, confiriéndole un aspecto sumamente atractivo. Las yemas de sus dedos acariciaron su piel tostada, pintó dibujos sobre aquella piel acaramelada, dulce, notándola erizarse tras su paso. La muchacha tembló, notó un ligero hormigueo subir desde la boca del estómago cuando le escuchó pronunciar su nombre de aquella manera que solo él conocía, de aquella manera que conseguía erizarle la piel, de hacer palpitar más deprisa su corazón…de aquella manera que la hacía volverse loca.
Un roce sobre los abundantes senos consiguió sonsacar un gemido por parte de la mujer. Miró a los ojos de aquel hombre que la hacía enloquecer con solo mirarla, y no pudo evitar hundirse en esos pozos azulados, en aquellos ojos que la hacían viajar al mismísimo cielo. Él besó sus sonrosadas mejillas, notándolas arder suavemente. Clavó sus ojos en aquel mar de oro, besando sus labios, mordiéndolos con suma delicadeza, haciéndola temblar por segunda vez. Ella era consciente de que aquello solamente era el principio. El muchacho bajó sutilmente por su mentón y su garganta, bajando hacia su clavícula y delineándola con la húmeda punta de su lengua. El pecho de la mujer subía y bajaba al compás de su aceleración, que poco a poco iba aumentando su ritmo bajo aquellas caricias.
Uno de sus dedos rozó el pezón de la mujer, sobresaltándola ligeramente, mientras la boca del chico se entretenía en desabotonar los pocos botones de aquella camisa, que empezaba a molestarle. Con pequeños besos por todo su vientre apartó la camisa, acariciándole los hombros con las manos, apartándola con cuidado, jugando con su lengua a dibujar alrededor de su ombligo, provocándole ligeros sobresaltos al notar algún que otro pequeño mordisco o beso.
Decidió que llevaba demasiado tiempo sin actuar. Sus manos jugaron con el borde de su camiseta, tirando de ella hacia arriba, sacándosela por la cabeza. Él se separó solamente un instante para deshacerse de la camisa, pero rápidamente sus labios volvieron a tomar contacto con aquella piel caliente. Notó los dedos de ella enredarse en su pelo, jugando con las plateadas hebras como un niño con un juguete nuevo. Las manos de él le acariciaron las caderas, bajando suavemente por sus piernas, levantándole las caderas ligeramente, apartando la ropa interior de ella con cuidado.
La lengua de él continuó su travesía, descendiendo, abriéndose paso para penetrar lenta y deliciosamente en el cuerpo de ella. El cuerpo de la muchacha tembló, y su excitación la obligó a arquear levemente la columna, elevando un poco las caderas, lanzando la cabeza hacia atrás, apretando la tela de las sábanas entre sus dedos, intentando contener frustradamente un gemido que finalmente escapó de entre sus labios, ahogado, claro, excitante.
El muchacho avivó el movimiento de su lengua, profundizando más sobre el cuerpo de ella, a la vez que sus manos le acariciaban las caderas. La saboreó por completo, y con mucho cuidado, uno de sus dedos sustituyó a la lengua en su trabajo, penetrando en ella con lentitud, palpando, intentando no dañarla. El chico escuchó su nombre entre un par de gemidos más, elevándose sobre el cuerpo de la mujer, sin dejar de juguetear dentro de ella. Adoraba ese tono sonrosado que teñía sus mejillas, perceptible incluso el color tostado de aquella apetitosa piel. Besó sus labios sonrosados, abriéndose paso entre ellos, encontrando su lengua con la de ella en un beso dulce y a la vez apasionado.
Entonces ella se arrodilló sobre la mullida cama, notando aun el suave vaivén en su interior. Sus manos jugaron con el borde del pantalón, y más tarde con el elástico de la ropa interior de él, para terminar por introducirse pasivamente en su interior. Desnudó al muchacho, tirando de él y subiéndole a la cama. Él se dejó llevar, consciente de lo que pretendía. La mujer besó sus labios, sus mejillas, y finalmente comenzó a jugar con el lóbulo de su oreja entre los labios, dejando escapar algunos gemidos, respirando entrecortadamente sobre ella.
Sus gemidos se entremezclaron cuando ambos proporcionaban el mismo placer al cuerpo del otro, y con algo de torpeza momentánea, el muchacho sentó a la chica sobre sus caderas, penetrando en su cuerpo sin prisa, lenta y cariñosamente, a la vez que sus labios se encargaban de besar y apresar los de ella, tranquilizándola. La mujer situó sus piernas a ambos lados de las de él, besándole los ojos y los labios con cariño. Él se dedicó a besar su cuello, a lamerlo y a morderlo ligeramente, intercalando algún pequeño gemido rebelde que no había querido resistirse a salir.
Ambos cuerpos se fundieron en uno solo, sus respiraciones se aceleraron, sus gemidos comenzaron a inundar la habitación y el nombre de ambos, procedente de los labios del otro, se alzaba sobre las corrientes de gemidos de placer. La excitación crecía por momentos, gemidos cada vez más altos, más fuertes, más claros. Se fue concentrando en aquel lugar que se supone debería ser prohibido, cada vez se concentraba más, el cupo estaba al máximo y cuando ya no pudo superarse, ambos estallaron en una explosión que dejó ambos cuerpos entumecidos y derrotados, pero unidos.
Deslizándose con delicadeza, el muchacho atrajo a la mujer hacia él, abrazándola de forma protectora, temiendo que todo hubiese sido un sueño y que nada de aquello hubiera ocurrido, temiendo que de un momento a otro se esfumase y la cruda realidad le golpease de manera contundente en el rostro, demostrándole que todo aquello no había ocurrido jamás, que nunca sería capaz de tocarla o de poseerla, que le era imposible alcanzarla.
Y allí yacieron dormidos, sobre las revueltas sábanas del blanco más puro, mientras ambos cabellos plateados quedaban envueltos entre si, bañando los cuerpos de sus dueños, cubriendo el cabello de ella el pecho de él, mientras una de sus manos reposaba junto a su corazón, notándolo latir de verdad, notándolo latir por lo que acababan de hacer, notándolo latir por ella y nada más que por ella.
